UN CONCURSO QUE PROMOCIONA LA LECTOESCRITURA: ‘DAR LA PALABRA’ Y QUIEN QUIERA OÍR…
Participan alumnos de escuelas públicas de Argentina, Uruguay y Chile, con cuentos e historias de sus realidades. Los ganadores y los padrinos destacan la posibilidad de soñar.
De soñar se trata esta nota, de los sueños de los chicos, de sus fantasías, sus deseos. Y también del sueño de los adultos, de pensar un mundo mejor para ellos y para nosotros mismos. Porque en medio de los discursos sociales represivos, que desearían punir a niños de diez o doce años, hay quienes piensan que vale la pena seguir apostando a la infancia. Y para eso nada mejor que empezar por escucharlos. “Sentí la necesidad de escuchar a los niños, de darles la palabra, de oír lo que tienen que decir”, dijo en una entrevista el pedagogo italiano –o “niñólogo”, como le gusta definirse– Francesco Tonucci. Algo similar debe haber sentido Gastón Pauls cuando, en 2007 y a través de su productora Rosstoc, decidió lanzar el concurso Dar la palabra, en el que chicos de 9 a 12 años de escuelas públicas debían escribir cuentos, individuales o colectivos, a partir de los relatos de la comunidad, la familia o el barrio. En esa oportunidad participaron chicos de todo el país y el jurado –integrado por Osvaldo Bayer, Vicentico y Hugo Midón– eligió veinticinco relatos para ser publicados en un libro que agotó su edición.
La edición de Dar la palabra II –que acaba de publicarse– se extendió a Chile y Uruguay y se sumaron, como representantes y padrinos de esos países, Benjamín Vicuña y Natalia Oreiro, respectivamente. En el prólogo del libro, Gastón Pauls, cuenta que tenía ocho años y vivía con su padre cuando escribió: “La vida es un gran sueño, alguien nos sueña en cada momento, cuando morimos ese señor se despierta”. Y confiesa que hoy, a los 37 años, “además de tener mis sueños propios, soy parte de un sueño más grande aún”.
Todos tenemos algo para decir, todos podemos contar cosas que sean interesantes para otros, pero a veces algunos necesitan que, explícitamente, alguien les ceda el turno de habla. Y dar voz a quienes usualmente no la tienen puede, aunque parezca pequeño, ser un suceso con repercusiones insospechables. “Me siento prácticamente una celebridad, quiero decir, como alguien especial”, dice orgullosa y feliz Oriana Gugou, una niña uruguaya ganadora del certamen.
La escritura de ficciones es un acto creativo sin límites en donde el sujeto escritor y el mundo pueden reencontrarse, tal como explica aun sin saberlo pero con la seguridad de una escritora profesional, Rocío Rosas Paz, una jovencita de Entre Ríos que participó en las dos oportunidades del concurso: “Mi cuento es mi punto de vista sobre el mundo. Escribo cuentos porque sí, porque me gusta y porque creo que está bueno eso de expresarse a través de la escritura, además cuando tengo una idea o una historia no quiero que se me escape, entonces la anoto y listo”.
Por su parte, María Belén Cor Fernandes, una uruguaya de trece años que vive en el departamento de Canelones, apunta: “Escribo cosas que pienso, que imagino o que me suceden. Por lo general comienzo escribiendo en mi diario íntimo partes que se me ocurren y luego armo todo el cuento”. Entre las lecturas de estas niñas que se le animan a la escritura están, entre otros, Las Crónicas de Narnia, Harry Potter, los personajes de Luis María Pescetti, como Frin, Natacha, y el sapo Ruperto, de Roy Berocay.
Pero el gusto por los materiales de la cultura escrita no es algo con lo que se nace sino algo construido en la vida de los niños en la que los adultos u otros pares tienen mucho que ver. Hay influencias, personas y momentos que marcan y dejan su huella. Así lo expresan las chicas entrevistadas: “Creo que es porque tengo tías maternas y paternas que escriben y leen, y me ‘contagiaron’. Me gusta mucho leer a la noche, tranquila. Y escribir cuando tengo ganas, creo que también la escuela me transmitió un poco ese gusto, sobre todo este año que nos hicieron leer diferentes libros, y entonces me entusiasmé”, cuenta Rocío. “Mi abuela era maestra, mi tío escribe libros de ortografía y gramática en Paraguay y fue colaborador del nuevo diccionario de la Real Academia Española. Creo que de ahí viene mi pasión por escribir”, comenta con orgullo María Belén. “Le encuentro algo lindo a los cuentos, no sé, es difícil de explicar. En mi familia la mayoría lee mucho y en la escuela tenemos libros de cuentos en la biblioteca, que llevamos en préstamo cuando queremos”, explica Oriana.
Crecer como lector no es sinónimo de convertirse en escritor, pero no hay duda de que impulsa a sonar. “Supongo que en esta tierra debemos soñar todos más o menos lo mismo –sostiene Pauls en el libro–. Un mundo mejor donde no haya guerras ni chicos con hambre, que la mujer o el hombre que amamos nos ame a nosotros también y que gane siempre nuestro equipo de fútbol. Nadie puede impedir que esos sueños crezcan y, quizá, un día, se hagan realidad. Pero nada, seguramente, será más hermoso que ver un día nuestros sueños, los de cada uno de nosotros, yendo de la mano”.
Así escriben
“Hola, me llamo Lucía y ella es Lucila mi amiga imaginaria. Ella es alta, muy alta, tiene ojos grandes y celestes, una boca chica; y es mi mejor amiga. Les cuento un secreto, sólo yo, los que tienen y creen en amigos imaginarios pueden verla, mi mamá no puede verla porque dice: ‘Lucía los amigos imaginarios no existen’. Ella no lo sabe porque nunca tuvo su propio amigo imaginario. Al anochecer, cuando la casa está en silencio y mis padres duermen, ese es el momento que aprovechamos para jugar, charlar y contarnos más sobre nuestros más íntimos secretos. Cierto día, mientras jugábamos…”
Extracto de “El tren fantasía”, de Fiorella Bustamante, alumna de 5º grado en la Escuela General Manuel Oribe, de Montevideo, Uruguay.
La valentía de leer
Por Benjamín Vicuña
Actor y representante de “Dar la palabra” en Chile.
La palabra es multiplicadora de expresiones, una forma de dar a conocer vivencias y plasmar anhelos. Una posibilidad de crear nuevos mundos para alejarnos de una realidad muchas veces hostil. La posibilidad de ofrecer, con Gastón y Natalia, este espacio de expresión, de opinión, de fantasía y de descubrimiento a los niños, me pareció tan maravillosa como la posibilidad de donar camas, en mi rol de Embajador de Unicef Chile, como un espacio de independencia, privacidad y dignidad.
Algo tan simple como un papel y un lápiz pueden llenar vacíos, a ratos suplir carencias y revelar talentos que pueden cambiar el futuro de un niño. Un libro puede transportarnos en el tiempo y en el espacio, inspirarnos y abrirnos los ojos. Por eso, la posibilidad de motivar a miles de niños de Argentina, Chile y Uruguay para que nos cuenten sus sueños y nos revelen sus más geniales ideas, me encantó. Incentivarlos a escribir sobre lo que a ellos les interesa y leer sobre las realidades de otros niños como ellos me conmovió.
Ojalá los grandes también abramos este libro y tengamos la valentía para leer en él sobre nuestros errores y la humildad para aceptarlos y empezar a hacer algo al respecto.
Por Pablo Sigal
Fuente: Veintitrés
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